¿Un nuevo Racionalismo?
En ese proceso de revisión, una península ibérica muy alejada aún de un cambio tecnológico imprescindible en los postulados iniciales del Movimiento Moderno, con sociedades muy enraizadas en el territorio y en sus costumbres y formas de relación locales, muy alejadas de la universalidad pretendida por las primeras vanguardias, podría encontrar en esa síntesis entre modernidad y contexto un camino muy adecuado. En España, la intensificación de la labor del Instituto Nacional de Colonización durante la década de los 50 y los primeros años 60, creando pueblos de nueva planta en las nuevas zonas regables, abre un mundo de posibilidades. Esos poblados, implantados en el medio rural y proyectados de una vez, obligan al conocimiento de la arquitectura vernácula, de la ordenación espontánea de sus pueblos y a aplicar con sobriedad las técnicas constructivas locales. Arquitectos, artesanos y artistas plásticos son capaces, en general, de manejar esos principios en condiciones económicas muy precarias, con nociones estéticas próximas al racionalismo, exentas de elementos decorativos superfluos. A la par, las circunstancias de su contribución al desarrollo de territorios paupérrimos y al alojamiento de unos colonos esperanzados, ponían de manifiesto, con seguridad, una verdadera función social de la arquitectura, fundamentada en cuestiones más profundas que el puro lenguaje plástico. En nuestro país, esta actividad se constituyó en un interesante laboratorio interdisciplinar con aplicación directa en la construcción, generando una arquitectura contemporánea vinculada a unas nuevas condiciones sociales. El camino en Portugal fue bien diferente, podríamos decir que inverso, aunque sus resultados y conclusiones acabaran resultando similares. Allí, el alejamiento de la anterior radicalidad moderna se produjo de forma absolutamente natural. El detonante fue la realización del denominado Inquérito à arquitectura popular portuguesa, una importante labor de investigación con un intenso trabajo de campo, que supuso una herramienta significativa de la búsqueda permanente del arquitecto dentro de su entorno sociológico, de la tradición constructiva y los materiales locales, así como de los austeros modos de vida en el ámbito rural. El apoyo oficial al Inquérito pretendía aportuguesar la arquitectura moderna, a la par que confirmar la existencia de un estilo arquitectónico nacional, pero la publicación de los resultados permite afirmar que su contribución fue clave para mirar de forma moderna hacia las raíces populares de la arquitectura y el territorio, anticipando la síntesis con el contexto que años después consagraría internacionalmente la nueva arquitectura portuguesa. Probablemente, estas experiencias permitirían a aquellos modernos percibir que las tradiciones y técnicas tradicionales se acercaban desde criterios racionalistas a la modernidad.
¿Por qué un congreso en Extremadura?
La compleja realidad geográfica y cronológica de la modernidad arquitectónica en España ha venido siendo revisada desde la década de los setenta mediante estudios, monografías, inventarios, tesis doctorales, guías, etcétera, pero es en los últimos años cuando se están desarrollando proyectos de investigación que afectan a aspectos territoriales, urbanismo y arquitectura tanto doméstica como de equipamientos públicos e industriales, relacionados con Extremadura. Con ello, la arquitectura del Movimiento Moderno de sus ciudades (con arquitectos que aportaron obras con personalidad como Francisco Vaca, Rodolfo Martínez, los hermanos Morcillo, Ángel Pérez, Francisco Calvo Traspaderne, Luis Gutiérrez Soto o López Montenegro) y sus Pueblos de Colonización (con proyectos de Fernández del Amo, Alejandro de la Sota, José Antonio Corrales, Carlos Arniches, Rafael Leoz y otros), se está dando a conocer, circunstancia clave para nuestra región. Por otro lado, en Portugal, algunos de sus arquitectos más representativos para la consolidación de una modernidad arraigada a partir de importantes batallas contra la situación establecida (desde Honório Viana de Lima, pasando por Keil do Amaral, Carlos Ramos, Alberto Pessoa, Nuno Teotónio Pereira y otros tantos) o el propio Fernando Távora, precursor y padre espiritual de la consagrada y reconocida Escuela de Oporto, son autores de una obra prácticamente desconocida en nuestro país. Sin embargo, somos testigos en la actualidad de la dificultad de transmitir a la sociedad la importancia de esta arquitectura, que corre el peligro de desvirtuarse si no se trabaja decididamente para su puesta en valor. Una arquitectura de calidad, muchas veces de firma reconocida, comparable en términos de igualdad a la desarrollada en otras regiones españolas y europeas. Arquitectura cuyo valor esencial reside en ser fiel reflejo de un tiempo de transformaciones cruciales en la sociedad extremeña, de su irrupción en la modernidad. Arquitectura profundamente arraigada en nuestros paisajes y en nuestra memoria colectiva. Patrimonio Cultural, en definitiva. Arquitectura de interés y utilidad, cargada de potencialidades para los usos de nuestro tiempo, ya que se identifica con los presupuestos del racionalismo arquitectónico, muchos de los cuales disfrutan aún de plena vigencia. En todo caso, nos encontramos con que la arquitectura del Movimiento Moderno en nuestra Comunidad es una realidad insuficientemente reconocida y poco valorada, necesitada de cauces que la acerquen desde la comunidad científica a las administraciones públicas y, por supuesto, a la sociedad en general, a la vez depositaria y sostén de este patrimonio. Es el momento de tomar el camino de búsqueda de nuevos “modos de habitar” esa herencia como ejemplo de lugares aún vivos, donde la sociedad del siglo XXI puede desarrollar las actividades propias de su tiempo. Este camino está alineado con los retos actuales de la sociedad, una sociedad sostenible, cuyo desarrollo social, económico, cultural y político asegura sus necesidades actuales sin comprometer las necesidades de las generaciones venideras. Así, reconocer la aportación de la arquitectura del Movimiento Moderno nos sitúa en una posición de partida ventajosa para potenciar unos principios de sostenibilidad, considerando este legado materia prima en la construcción del futuro. Por otra parte, la ubicación de Extremadura, que comparte 428 km de frontera con Portugal, y la fluida relación social e institucional permite afrontar desde una perspectiva transfronteriza el análisis sobre los posibles paralelismos y las evidentes diferencias del Movimiento Moderno a ambos lados de la Raya y sus nuevas oportunidades.
